La puerta de mi oficina acababa de cerrarse tras la salida de mi abuelo, dejando un silencio denso. Me giré hacia la ventana, aflojando el nudo de mi corbata, tratando de calmar la furia que me hervía en la sangre.
—Viejo infeliz... —mascullé, mirando mi reflejo.
Entonces, sucedió. No fue un ruido al principio. Fue una vibración. Un estremecimiento profundo que subió desde los cimientos del edificio, recorriendo la estructura de acero como un escalofrío en una columna vertebral. El suelo bajo m