Las puertas automáticas de la sala de urgencias se abrieron de golpe, como si hubieran sentido mi furia antes de verme.
—¡ABRAN PASO! —rugí, empujando la camilla junto con los paramédicos, ignorando las miradas horrorizadas de los pacientes en la sala de espera.
El caos del hospital nos engulló. Enfermeras corrían, monitores pitaban, el olor a alcohol y enfermedad golpeó mis fosas nasales, mezclándose con el hedor a humo y sangre seca que emanaba de mi propia ropa.
—¡A trauma uno, rápido! —grit