Damián entró a la empresa por su acceso privado, sintiéndose el dueño absoluto del universo.
El recuerdo de Adeline gimiendo su nombre en el coche, la sensación de sus dedos todavía hormigueando por el tacto de su piel y el olor de su perfume impregnado en su traje lo tenían en un estado de euforia casi narcótica. Saludó al jefe de seguridad del pasillo con un asentimiento breve pero enérgico, e incluso le dedicó un "buenos días" sonoro a su secretaria ejecutiva antes de entrar a su despacho.
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