Al otro extremo del país, donde la geografía cambiaba el acero de los rascacielos por la aridez dorada de la costa norte, se alzaba "La Fortaleza".
No era una casa; era una villa inmensa de estilo colonial español, pintada de un blanco cegador que contrastaba con el azul profundo del océano Pacífico que rugía a los pies de sus acantilados privados. La mansión era luminosa, bañada por un sol perpetuo que se colaba por los arcos de mármol y los ventanales de tres metros de altura, pero esa luz no