—Damián... no podemos hacer esto —repetí, y mi voz, aunque intentaba ser firme, salió envuelta en una fragilidad que detestaba.
La frase quedó suspendida en el aire, flotando entre nosotros como una barrera invisible que intentaba desesperadamente levantar. A nuestro alrededor, el restaurante continuaba con su sinfonía de cubiertos chocando contra la porcelana, risas discretas y el murmullo constante del agua cayendo por las paredes de piedra decorativa, pero en nuestra mesa, el tiempo parecía