Las puertas metálicas del ascensor se cerraron, aislándonos del resto del mundo y del zumbido de la oficina. El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que acababa de pasar.
Damián soltó un suspiro, aflojando un poco el nudo de su corbata, y se giró hacia mí. Ya no me miraba como el jefe depredador que me había marcado frente a todos, sino con una intensidad más tranquila.
—Necesitamos comer —dijo, su voz grave rompiendo el silencio—. Y hablar.
Asentí, incapaz de articular palabra. Sa