La camioneta blindada se detuvo con un chirrido seco de neumáticos sobre el pavimento pulido del estacionamiento subterráneo del Edificio. No estábamos en el área de visitantes; estábamos en una zona restringida, marcada con líneas amarillas y cámaras de seguridad que parpadeaban con luces rojas en cada esquina.
El motor se apagó, devolviéndonos a un silencio que zumbaba en mis oídos. Antes de que pudiera siquiera intentar mover mis piernas entumecidas, la puerta a mi lado se abrió. Damián esta