El sonido de las olas rompiendo en la orilla parecía lejano, amortiguado por el zumbido de adrenalina que me palpitaba en los oídos. Me quedé parada en la orilla, con el agua lamiendo mis tobillos, temblando incontrolablemente. No era por el frío, sino por la violencia cruda que acababa de presenciar.
A unos metros, sobre la arena seca, Jasper tosía violentamente, escupiendo agua salada y bilis, agarrándose la garganta donde los dedos de Damián habían dejado marcas rojas.
Katherine corrió hacia