El calor del mediodía se había vuelto sofocante. El sol caía sin piedad sobre la arena blanca, y ni siquiera la brisa marina lograba aliviar la sensación de bochorno que se adhería a la piel. Me senté en el borde de la tumbona, sintiendo gotas de sudor resbalar por mi espalda, justo sobre el camino que los dedos de Damián habían trazado minutos antes con el protector solar.
Miré hacia el mar. El agua se veía cristalina, turquesa, invitándome a sumergirme y borrar el rastro de las miradas lasciv