El aire en la suite cambió drásticamente. El aroma dulce de las tostadas francesas y la vainilla, que antes me parecía reconfortante, ahora se mezclaba con el olor rancio a alcohol y tabaco que emanaba de Jasper.
Damián, sin embargo, no perdió la compostura. Se limpió las manos en el delantal negro y señaló con la espátula hacia los taburetes de la barra.
—Siéntense si quieren —dijo con una cortesía gélida—. Hay café en la jarra. El desayuno, eso sí, es solo para mi novia. No calculé porciones