Damián caminó hacia la recepción con paso firme, sin soltar mi mano ni por un segundo. Su agarre era un recordatorio constante de que estaba a salvo, aunque yo no tenía idea de la verdadera razón de su tensión, pensaba que estaba molesto por la avería del coche.
—Buenas noches —dijo Damián a la recepcionista, una joven que se sonrojó violentamente al ver su porte y su atractivo—. Necesito una suite. La mejor que tengan disponible para esta noche.
La chica tecleó nerviosa en su ordenador.
—Eh...