El agua caliente caía sobre mi espalda, relajando los músculos que aún protestaban dulcemente por la actividad de la mañana. Me quedé bajo el chorro unos minutos más, con la frente apoyada en los azulejos fríos de la ducha, dejando que el vapor empañara el vidrio y, con suerte, mis dudas.
Cuando cerré el grifo y salí, envolviéndome en una toalla gruesa, me sentí renovada. Limpia. Caminé hacia el vestidor que Damián había vaciado parcialmente para mí cuando me "mudé". Abrí las puertas y me quedé