—Señora Adeline, dígame... ¿En qué la puedo ayudar? —preguntó el señor Vidal mientras nos acomodábamos. Él se sentó tras su escritorio de roble y yo frente a él, tratando de mantener una compostura que no sentía.
—Señor Vidal, un placer. Lo busco porque necesito que encuentre a mis padres —fui directa, sin rodeos.
Le extendí la mano y él correspondió a mi saludo con un apretón firme y profesional. Su mirada, sin embargo, era curiosa, como si estuviera diseccionando mis intenciones.
—Entiendo —d