—Perfecto. ¿Quieres que me vaya? ¡Bien! —exclamó Jasper, su voz rebotando en las paredes blancas—. Me iré, pero no creas que dejaremos esta conversación así. Estamos casados, Adeline, ¡no creas que te puedes deshacer de mí tan fácil!
Lo ignoré por completo. Ni siquiera le concedí la victoria de una mirada; me limité a observar un punto muerto en la pared mientras él se hundía en su propia frustración. Finalmente, salió de la habitación envuelto en una furia ciega.
Damián soltó un silbido largo,