Seguíamos caminando por toda la casa. Damián me sostenía de la mano y yo me aferraba a la suya con una confianza que no conocía límites; ya no había miedo, ya no había precauciones. Sentía como si esa caja cerrada bajo llave en lo más profundo de mi memoria finalmente hubiera sido forzada. El dolor punzante de sentir que algo me faltaba se había esfumado, porque lo que buscaba... ya lo había encontrado.
De pronto, Damián se detuvo en seco, sacándome de mis pensamientos. Estábamos de nuevo en el