Me levanté de la camilla de golpe, con el pecho subiendo y bajando en una respiración errática y agitada. El sudor frío me empapaba la nuca. Damián corrió hacia mí, con el rostro desencajado por la angustia.
—¡Adeline! ¿Cómo te sientes? Sabía que esto era una pésima idea... Vámonos de aquí ahora mismo.
Él intentó ayudarme a levantarme para sacarme de ese agujero, pero lo detuve en seco, clavando mis dedos en su antebrazo.
—¡No, espera! —le grité, obligándolo a mirarme.
—¡Mira cómo estás! —repli