No tuve tiempo de procesar la palabra en la servilleta. Sentí de nuevo el apretón de Jasper en mi brazo, esta vez con una fuerza que me dolió. Me obligó a girarme para enfrentarlo. Sus ojos eran dos brasas ardiendo en medio de un rostro que luchaba por no estallar frente a los invitados.
—¿Se puede saber qué demonios te está pasando? —siseó, su voz vibrando con una rabia contenida.
Lo miré, pero me sentía aturdida, como si estuviera bajo el agua. La servilleta quemaba en mi mano cerrada.
—Yo...