—¡Damián! ¡Qué milagro verte por aquí!
Una voz aguda rasgó el aire de la boutique, seguida de una risa de fondo que me hizo fruncir el ceño de inmediato. Era una risa chillona, de esas que se sienten calculadas y repelentes, como si buscara marcar territorio antes siquiera de aparecer. Me vestí a toda prisa, ajustándome la ropa con manos nerviosas, y salí del probador tratando de aparentar calma.
Allí estaba ella. Era una mujer imponente: rubia, alta y delgada, con unos ojos verdes tan claros q