Damián me miró con una seriedad que me heló la sangre. Fue un cambio drástico; desde que desperté en aquel yate, nunca me había dedicado una mirada tan gélida y autoritaria. La calidez de hace unos minutos se había evaporado por completo.
—¿Hay algo que te moleste? —preguntó, con una voz plana que no dejaba traslucir ninguna emoción.
Arqueé una ceja, sintiendo cómo la indignación crecía en mi pecho. No iba a dejar que me intimidara con su silencio de acero.
—Me dijiste que tenías mucho tiempo s