Adeline no se movió. Sus músculos se sentían como plomo fundido, incapaces de obedecer la orden de su cerebro de correr, de gritar, de desaparecer. El abrazo de Damián, que apenas unos minutos antes le había parecido un refugio cálido, ahora se sentía como el abrazo de una boa constrictora: letal y posesivo.
—No lo mires, Adeline. Por favor, no lo mires —le susurraba Damián al oído, con una voz que pretendía ser dulce pero que estaba teñida de una urgencia oscura.
Ella hundió el rostro en su pe