Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, casi sin darme cuenta, arrastraron el calendario tres meses más. Para cuando mi recuperación se estabilizó, el tiempo se sentía como una neblina espesa. Habían pasado noventa días de encierro en un lugar que no lograba ubicar en el mapa; noventa días de silencio absoluto de mi familia. Ni una palabra de mis padres, de mi abuelo o de mi hermana Aurora. El mundo exterior era apenas un reflejo distante a través de los noticieros, una realidad que