La calma duró exactamente cuarenta y ocho horas.
Cuarenta y ocho horas en las que nada explotó, nadie llamó, ningún mensaje llegó. Casi parecía que el mundo había decidido ignorar lo que había ocurrido.
Pero el mundo nunca ignora por mucho tiempo.
Estaba en el despacho revisando algunos documentos —por primera vez en semanas intentaba retomar algo de rutina— cuando escuché voces elevadas en la entrada.
No eran gritos. Era tensión contenida.
Me levanté y caminé hacia el pasillo. Mis pasos er