La puerta se cerró tras jasper y el silencio quedó suspendido en el aire como polvo que tarda en asentarse.
Damián estaba a unos pasos de mí. No preguntó qué se había dicho. No exigió explicaciones. Solo esperaba.
Esa espera era más difícil que cualquier interrogatorio.
—Se acabó —dije al fin.
Su expresión no cambió, pero sus hombros descendieron apenas.
—¿Estás segura? —preguntó con cuidado.
Asentí.
—No porque haya alguien más —aclaré—. Sino porque entendí algo.
Me acerqué despacio. No por nec