La sonrisa de Adrián nunca fue inocente. Se apoyó con naturalidad en el marco de la puerta, como si esa casa todavía le perteneciera de alguna forma invisible. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el silencio no hubiera existido.
—No sabía que necesitaba cita previa —dijo con ligereza.
Damián no respondió. Su postura era firme, contenida. No había agresividad en él, pero sí una advertencia clara.
—No es un buen momento
Adrián ignoró la frase y me miró directamente.
—¿Vas a dejar que me