Los días siguientes fueron extrañamente delicados.
Nada ocurrió de forma evidente. No hubo confesiones nuevas ni gestos imprudentes. Pero la cercanía cambió de textura. Cada mirada duraba un segundo más. Cada silencio tenía peso propio. Cada roce accidental dejaba una huella que ninguno de los dos fingía no sentir.
Esa mañana bajé al jardín sola.
No muy lejos. Solo hasta el sendero principal. Mis pasos eran más firmes ahora. Aún lentos, pero seguros. El aire fresco me recibió como una vieja pro