Pasaron los días y todo se mantuvo envuelto en una confusa tranquilidad. No era una paz absoluta, de esas que llegan sin preguntas, sino una que se sentía frágil, como si pudiera romperse con un solo movimiento brusco. Aun así, era algo que todos necesitábamos. Algo que yo, en silencio, agradecía cada mañana al abrir los ojos.
Mi recuperación avanzaba tal como se esperaba. No más rápido, ni lento. Justo en ese punto intermedio que obligaba a tener paciencia. Las terapias con Santiago realmente