La noche cayó sin que ninguno de los dos lo notara.
No hubo una alarma que lo anunciara ni un cambio brusco en la casa. Solo la luz del cielo apagándose poco a poco, hasta que el azul se volvió negro y las ventanas comenzaron a reflejar el interior como espejos silenciosos.
La villa estaba en calma. Demasiada.
Adeline permanecía sentada en el sofá, con una manta ligera sobre las piernas. La luz tenue de una lámpara lateral dibujaba sombras suaves en el salón. Damián estaba a su lado, no vigilan