El día continuó como si nada hubiera ocurrido.
Y eso, precisamente, era lo peligroso.
La villa siguió respirando con su ritmo habitual: el personal moviéndose en silencio, las puertas automáticas abriéndose y cerrándose con precisión, el sonido lejano del agua recorriendo los conductos subterráneos. Desde fuera, todo parecía normal. Desde dentro, cada gesto estaba medido.
Adeline avanzaba lentamente por el corredor principal, apoyándose en la baranda. Santiago caminaba a su lado, atento,