Damián se detuvo en seco al verla.
Adeline estaba de pie, apoyada apenas en el respaldo de la silla, las manos firmes, el cuerpo tenso pero erguido. No había victoria en su postura, ni orgullo exagerado. Solo una concentración absoluta, como si cada músculo estuviera obedeciendo una orden nueva y frágil.
Durante un segundo, Damián olvidó todo lo demás.
El jardín. El hombre. La amenaza.
Solo ella.
—Lo hiciste —dijo al fin, con la voz más baja de lo habitual—. Te levantaste sola.
Adeline al