La noche siempre ha sido el escenario de mis peores fantasmas. Con el cuerpo inmóvil y la mente alerta, el silencio de la mansión se transformó en algo siniestro.
De pronto, el olor a madera cara de la habitación fue reemplazado por el hedor acre del humo. El techo sobre mí ya no era blanco, sino una estructura de acero retorciéndose bajo un cielo naranja. El estruendo de la demolición, el metal chocando contra el concreto y los gritos de mis compañeros atrapados en el incendio de la oficina