El ambiente de protección nocturna se disipó con la luz fría de la mañana y, como ya era costumbre, con la sutil pero implacable insistencia de Santiago.
Damián se tensó antes incluso de que el sonido de los nudillos golpeara la madera. Sus ojos se abrieron, recuperando al instante esa lucidez peligrosa de quien siempre está alerta. Al sentir los golpes, soltó un gruñido profundo, una advertencia animal por haber sido arrancado del único momento de paz que había tenido en semanas.
Se levantó