El barrio era una cicatriz en el borde de la ciudad, un laberinto de concreto gris y ladrillo descolorido. El aire olía a humedad, a fritanga rancia y a la desesperanza que se filtraba por las grietas del pavimento.
Un sedán negro, tan brillante que parecía absorber la poca luz del día, se deslizó por la calle y se detuvo frente a un edificio que se encogía entre sus vecinos. Eran cinco pisos de mugre acumulada. La puerta del conductor se abrió y un hombre joven, vestido con un traje a medida q