El sedán negro se deslizó por un camino privado bordeado de robles centenarios, un túnel verde que se abría a un círculo de grava perfectamente rastrillada. El sonido de las llantas sobre la piedra era lo único que rompía el silencio de la tarde. El auto se detuvo frente a una escalinata de mármol blanco que ascendía hacia la entrada principal de la Mansión Carson.
El aire aquí era diferente al de la ciudad. Olía a césped recién cortado, a tierra húmeda y al dulce perfume de las rosas que trepa