El reloj marcó las doce en punto y, como si estuviera sincronizado con las campanadas invisibles de una iglesia, la puerta se abrió. Santiago entró con la eficiencia de un reloj suizo, cargando un maletín diferente al de anoche y una expresión que gritaba "negocios".
—Hora del espectáculo —anunció, dejando sus implementós sobre una silla—. Espero que hayas desayunado bien, Adline. Vamos a ver cuánto han mejorado o cuantos hemos empeorado.
Damián, que había estado sentado a mi lado leyendo c