El sonido de la cerradura al cerrar tras la salida de Santiago fue como el disparo de salida para que mi cuerpo colapsara. Hasta ese momento, la adrenalina de la vergüenza y la tensión de la pelea territorial entre los hermanos me habían mantenido alerta, pero ahora que el "torturador" se había ido, la realidad del dolor residual se asentó sobre mí como una manta de plomo.
Mis músculos palpitaban. No era el dolor agudo de la lesión, sino ese ardor sordo y profundo que queda después de que algu