—No... Adeline, no. Hoy no.
Lo dijo triste. Su voz no era de enfado, sino de una profunda y agotada tristeza. El deseo se evaporó tan rápido que me sentí mareada, y la humillación me golpeó como un muro. Me quedé inmóvil, mi cuerpo aún vibrando, sintiéndome expuesta y ridícula sobre las sábanas.
Él se levantó.
No me empujó. Simplemente se movió, deslizándose por debajo de mí y poniéndose de pie al lado de la cama en un solo movimiento fluido. Me dejó allí, jadeando, mi respiración entrecortada