Dante, al leer el mensaje, esbozó una sonrisa. Sabía que en ese momento su esposa era una fiera, decidida a desafiarlo. Sin perder tiempo, marcó el número de recepción y, con voz grave y firme, dio la orden:
—Susana, deja pasar a la joven que está allí. Indícale el piso presidencial y comunícale que la estoy esperando.
La recepcionista, sorprendida por la llamada directa de su jefe, asintió rápidamente, mientras su mente trataba de procesar la información.
—Como ordene, señor —respondió, colgó