Con dedos temblorosos, Ava marcó el número de Dante. Cada timbre le parecía eterno. Al tercer tono, él contestó.
—¡Amor! ¿Estás saliendo para la casa? —preguntó con ternura, estirándose placenteramente en su sillón.
El corazón de Ava se encogió. Ojalá estuviera en casa con él, segura. Pero no lo estaba.
—Dan… nos están siguiendo —su voz salió entrecortada, apenas un susurro tembloroso—. Solo contamos con tres guardaespaldas y les están disparando.
—¡Maldición! —espetó Dante, su voz transformánd