Ava, al ver su cara de ogro, que casi siempre le causaba gracia en vez de miedo, se relajó y no le quedó otra que mantener silencio.
Dante caminó hacia el sofá. Allí se encontraba un bolso, lo tomó y sacó un vestido casual y unas zapatillas. Se acercó a la cama y le quitó la sábana que la arropaba.
—Te voy a levantar, y tú te quitas la bata.
Ava amplió los ojos, sorprendida. Llevaban meses casados, pero nunca se habían visto sin ropa. Mientras se sonrojaba, dijo tímidamente:
—Dante, ¿no será me