MEDIANOCHE

Camelia.

La pantalla del televisor emitía imágenes que me eran borrosas, aunque la voz de la periodista era firme, casi cruel, como si no le temblara el alma al narrar lo ocurrido. Sentí que el aire se espesaba, como si la habitación se llenara de agua y yo no supiera nadar.

—¿Has podido contactar con tu amigo? ¿Tendrán ambas cosas que ver? —pregunté, con la garganta seca y los ojos clavados en la

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