El eco del sutil golpe del bastón de Simón contra el suelo de madera noble parecía marcar el compás de una sentencia ineludible. Tras la apresurada salida de Lia en busca del servicio de café, el despacho presidencial quedó sumido en un silencio espeso, casi asfixiante, donde el aroma a rosas y lirios del escritorio exterior todavía se colaba por la rendija de la puerta, mezclándose con el rastro invisible de la tensión sexual que acababa de ser interrumpida.
Adrián permanecía de pie, con la es