Mundo ficciónIniciar sesiónFarah
A media mañana, después de una sesión de estudio intensa donde demostré mi independencia técnica al resolver un modelo que incluso Henderson habría envidiado, decidí subir una foto a mis redes sociales. Era una imagen de mi escritorio lleno de libros, mis nuevos bolígrafos de gel y una taza de ese café con canela.
Escribí: «Recuperando el control. Los datos no mienten, y el café correcto ayuda a ver la verdad».
Apenas cinco minutos después, mi teléfono vibró. Una notificación de I*******m apareció en la pantalla: A alaric_grimaldi le ha gustado tu foto.
Dejé el teléfono sobre la mesa de madera, pero mi mirada seguía anclada en la pantalla que acababa de oscurecerse. Ese pequeño corazón rojo, esa notificación de alaric_grimaldi, se sentía como una descarga eléctrica. Para cualquier otra persona, un like era un gesto insignificante, un movimiento mecánico del pulgar mientras se pierde el tiempo en internet. Pero para Alaric, el hombre que consideraba las redes sociales como un patio de recreo para mentes ociosas, aquello era un mensaje cifrado.
Era su forma de decir: Te estoy mirando. Sé que lo lograste. Y sí, fui yo quien puso esos bolígrafos en tu bolso.
Solté un suspiro largo y me obligué a concentrarme en mi nueva realidad. Esa mañana no estaba en la mansión, sino en una pequeña oficina compartida en el centro de la ciudad. Había conseguido un empleo temporal como consultora externa para una firma de logística. No era un puesto glamuroso, pero era mío. Lo había ganado sin el apellido Grimaldi, sin recomendaciones y sin usar el contrato como palanca.
—Doctora Bourne, el informe de la cadena de suministro está listo para su revisión —dijo un joven asistente, dejando una carpeta sobre mi escritorio.
Sonreí. El sonido de Doctora Bourne en un entorno profesional real me devolvía la pieza de identidad que sentía haber perdido entre tanto drama universitario y lujos prestados. Me sumergí en el trabajo durante horas, desmenuzando datos con una precisión que me hacía olvidar el mundo exterior. Cada vez que encontraba un error en los flujos de inventario, sentía una satisfacción casi física. La independencia sabía a café con canela y a hojas de cálculo perfectas.
Mientras yo recuperaba mi centro a través del trabajo, en otro punto de la ciudad, el caos tenía un nombre diferente: Alina y Ronan.
Según me enteré más tarde, tras la noche en el hotel Hilton —donde la tensión entre mi amiga y el mejor amigo de Alaric había estallado como una granada de mano—, el ambiente entre ambos era cualquier cosa menos relajado. Ronan había insistido en llevarla a su apartamento para hablar, una excusa que ambos sabían que era una mentira piadosa.
Alina terminó en el lujoso salón de Ronan, observando las vistas de la ciudad a través de los ventanales que iban del suelo al techo. Se sentía fuera de lugar, con su vestido azul eléctrico de la noche anterior un poco arrugado y el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿Vas a quedarte ahí parada como si fueras a salir corriendo o vas a aceptar una copa de agua? —preguntó Ronan, quitándose la chaqueta del esmoquin y aflojándose la corbata con una lentitud desesperante.
—No necesito agua, Ronan. Necesito entender qué estamos haciendo —respondió Alina, cruzándose de brazos—. Lo del beso en la fiesta fue... para ayudar. Un servicio a la comunidad, ¿recuerdas?
Ronan soltó una carcajada ronca y se acercó a ella. Su presencia llenaba la habitación, borrando cualquier rastro de la lógica de mi amiga.
—Un servicio a la comunidad no suele incluir esa forma en que me miraste cuando nos separamos —susurró él, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Eres una mujer inteligente, Alina. Deja de usar a Farah y a Alaric como escudo. Esto no tiene nada que ver con ellos.
—Somos diferentes, Ronan. Tú eres... esto —dijo ella, señalando el lujo que los rodeaba—. Yo soy la que pelea por llegar a fin de mes.
—Y yo soy el que está cansado de mujeres que solo ven esto —replicó él, señalando su entorno con desdén—. Anoche me defendiste de esa rubia insípida no porque quisieras mi dinero, sino porque querías molestarme. Y eso, Alina, es lo más real que me ha pasado en años.
Sin darle tiempo a replicar, Ronan la tomó por la cintura. Fue un beso distinto al de la fiesta; ya no había público, no había cámaras, ni reputaciones que cuidar. Fue un choque de necesidades reprimidas. La aventura de una noche que ambos habían intentado evitar se volvió inevitable. En ese arrebato de emoción, Alina se dejó llevar, olvidando por unas horas que, al salir de ese apartamento, volvería a ser la chica del barrio humilde y él seguiría siendo el heredero cínico. Fue una noche explosiva, una mezcla de pasión y de ese miedo que surge cuando sabes que te estás metiendo en un problema del que no saldrás ilesa.
De vuelta en la mansión, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo de naranja los jardines. Llegué cansada pero con una chispa en los ojos que no tenía desde hacía semanas. Al entrar al gran recibidor, me encontré con Alaric. Él estaba revisando unos documentos junto al ventanal, pero noté que el papel no se había movido en el tiempo que me tomó cruzar la estancia.
—Llegas tarde —dijo él, sin levantar la vista.
—Se llama trabajar, Alaric. Algunos lo hacemos sin tener un edificio con nuestro nombre en la fachada —respondí, dejando mi bolso sobre una silla de terciopelo.
Alaric finalmente bajó los papeles. Su mirada me recorrió, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mi rostro cansado pero satisfecho.
—Vi tu publicación —soltó, como quien menciona el clima—. Supongo que la oficina temporal no ha colapsado bajo tu gestión.
—De hecho, les ahorré un diez por ciento en costos logísticos en solo seis horas —presumí con orgullo—. Y gracias por el like, por cierto. Casi pensé que te habían hackeado la cuenta.
Alaric carraspeó, desviando la mirada hacia el jardín. Sus orejas, si no me equivocaba, estaban ligeramente más rojas de lo normal.
—Fue un error táctico. Mi dedo resbaló mientras cerraba la aplicación —mintió con una seriedad cómica—. No significa que apoye tu adicción a compartir fotos de tazas de café. Es una pérdida de tiempo.
—Oh, claro. Un error táctico que ocurrió justo cuando publiqué sobre mi éxito profesional —me acerqué a él, invadiendo su espacio personal con una confianza nueva—. Admítelo, Grimaldi. Te gusta que sea independiente. Te gusta que no necesite tu dinero para sentirme importante.
Alaric se puso de pie, obligándome a mirar hacia arriba. La tensión ambigua entre los dos regresó con fuerza. Estábamos lo suficientemente cerca como para que su aroma a sándalo me envolviera.
—Lo que me gusta, Bourne, es que no seas una carga —dijo, manteniendo su máscara de frialdad, aunque sus ojos brillaban con algo que parecía admiración—. Y si ese café con canela te ayuda a no cometer errores en tus cálculos, supongo que es una inversión aceptable para mi despensa.
—Eres un terco —reí—. Ni siquiera puedes decir buen trabajo sin añadir una cláusula de eficiencia.
—Las palabras son baratas, Farah. Los resultados son lo que cuenta —replicó.
Nos quedamos en silencio un momento, disfrutando de esa extraña paz que había surgido tras la tormenta. Ya no nos sentíamos como dos extraños atados por un papel legal, sino como dos personas que empezaban a aprender el lenguaje del otro. Alaric no sabía decir estoy orgulloso de ti, así que daba likes y compraba bolígrafos. Yo no sabía decir gracias por cuidarme, así que lo desafiaba y le devolvía la sonrisa.
—La abuela volvió a llamar —dijo Alaric, rompiendo el hechizo—. Mañana salimos para su casa. Prepárate, porque si crees que yo soy difícil, no has visto a esa mujer en un día de campo.
—Estoy lista, Alaric. Después de sobrevivir a Henderson y a tus cambios de humor, una semana con una abuela adorable me parecerá unas vacaciones —dije, comenzando a subir las escaleras.
—No es adorable, es una estratega de guerra —lo escuché murmurar para sí mismo desde el piso de abajo.
Giré la cabeza un segundo antes de cruzar el pasillo y lo vi mirando fijamente la pantalla de su teléfono. Sonreí en silencio y me fui a mi habitación, sabiendo que, contra todo pronóstico, esta farsa estaba empezando a sentirse peligrosamente real.







