Capítulo 32: Aparición

Alaric

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, terminaba una jornada de reuniones maratónicas. Poco antes de las seis de la tarde, Ronan pasó a buscarme en su coche.

—¿A dónde vamos, Alaric? Tienes cara de tener un plan que no involucra hojas de cálculo —bromeó Ronan, mirándome con picardía.

—Necesito pasar por una tienda Winston —respondí, manteniendo la vista fija en la ventana—. Es una... inversión necesaria.

En la joyería, rodeado de diamantes y oro, me moví con la misma determinación con la que cerraba tratos millonarios. No buscaba algo ostentoso, sino una pieza que reflejara la luz que Farah había traído a mi vida. Elegí un anillo precioso, sencillo pero de una elegancia absoluta. No era solo un objeto; era mi forma de reconocer, sin tener que usar palabras que todavía me costaba pronunciar, que ella era única. En mi esquema frío y calculador, Farah se había convertido en una variable que ninguna estrategia de mercado podía predecir.

Con la pequeña caja aterciopelada escondida en el bolsillo de mi chaqueta, subí de nuevo al coche de Ronan. El ambiente dentro del vehículo era inusualmente tranquilo, roto solo por el suave zumbido del motor y el murmullo de la ciudad que empezaba a encender sus luces de neón.

Una llamada de mi secretaria me interrumpió a mitad del trayecto para avisarme de unos documentos urgentes que requerían mi firma final antes del lunes. Ronan conducía con una mano, manteniendo una sonrisa de suficiencia que yo conocía demasiado bien. Tras un par de cuadras, rompió el silencio.

—Tengo que admitirlo, Alaric —dijo, lanzándome una mirada rápida—. El anillo es una jugada maestra. Te felicito. Finalmente has decidido dejar de tratar a Farah como un activo fijo y empezar a tratarla como la mujer que ha puesto tu mundo del revés. Dar este paso es... bueno, es lo más humano que te he visto hacer en una década.

Me acomodé la corbata, manteniendo la vista fija en el horizonte de edificios.

—Es una cuestión de reconocimiento, Ronan. Ella ha demostrado una lealtad y una capacidad que merecen un gesto a la altura. No saques conclusiones románticas innecesarias.

—Claro, porque comprar diamantes en Winston es un procedimiento estándar de recursos humanos —se burló, soltando una carcajada—. No seas terco conmigo. Te gusta. Te gusta que sea capaz de callarte la boca con un informe de datos y que te mire sin miedo. Me alegra que por fin te hayas arriesgado.

Sin embargo, la expresión de Ronan cambió gradualmente, volviéndose más seria al detenerse en un semáforo en rojo. Tamborileó los dedos sobre el volante antes de lanzar la pregunta que ambos sabíamos que estaba flotando en el aire.

—Pero hablemos en serio... ¿qué piensas de lo de Sweeney? El momento de su regreso no puede ser más inoportuno. ¿Has hablado con ella? ¿Sabes a qué ha venido?

Exhalé un suspiro lento, uno que delataba un cansancio que rara vez me permitía mostrar. Me pasé una mano por el rostro y, por un instante, dejé que mi máscara de frialdad se agrietara.

—La verdad, Ronan... no he tenido ni una sola noticia directa de ella —confesé, dejando salir una voz sincera, despojada de mi habitual armadura—. Sé que está en el país por los mismos informes que tú has visto, pero no ha habido llamadas, ni correos, ni intermediarios. Nada.

—Eso es lo que más me preocupa —respondió Ronan, acelerando cuando el semáforo cambió a verde—. Sweeney no es de las que vuelve en silencio. Es una mujer que hace entradas coreografiadas. Si no te ha contactado, es porque está esperando el momento en que su aparición cause el mayor impacto posible.

Apreté los puños sobre mis muslos.

—No importa cuáles sean sus intenciones. Mi vida actual no tiene espacio para ella. Lo que tuve con Sweeney murió el día que ella eligió los intereses de su familia sobre nosotros. Farah es... diferente. Ella no juega a la política conmigo; ella construye conmigo.

—Solo ten cuidado, amigo —advirtió Ronan mientras se desviaba hacia el estacionamiento de la empresa—. El pasado tiene una forma muy sucia de querer reclamar su lugar justo cuando el presente empieza a verse brillante. No dejes que el regreso de esa mujer arruine lo que tienes con la doctora Bourne.

—No lo hará —sentencié con firmeza—. No voy a permitir que una variable externa arruine la planificación de esta noche.

Bajé del coche justo cuando mi amigo se detuvo frente al ascensor.

—Suerte en la cita, Romeo —me gritó Ronan antes de arrancar.

—Es una cena de negocios con matices personales, Ronan. No exageres —repliqué, aunque la cajita en mi bolsillo me quemaba de forma agradable.

Subí a mi oficina, que estaba casi vacía a esa hora. Recogí las carpetas de mi escritorio, planeando salir en cinco minutos para recoger a Farah. El silencio del piso ejecutivo era absoluto, hasta que un suave toque en la puerta rompió la calma.

Me quedé quieto, con la mano suspendida sobre los informes. Sentí una extraña presión en el pecho, como si mi cuerpo hubiera detectado una perturbación en el sistema antes de que mi mente pudiera procesarla. Lentamente, me giré hacia la puerta.

Allí estaba ella.

Sweeney lucía exactamente como en las fotos, pero con una presencia física que llenaba el umbral. Llevaba un traje sastre impecable y esa seguridad de quien sabe que su sola presencia puede alterar el orden de las cosas. No parecía una desconocida, sino una parte de mi pasado que se negaba a ser borrada.

—Hola, Alaric —dijo, regalándome una sonrisa lenta, de esas que solían desarmarme años atrás—. Ha pasado mucho tiempo, ¿no crees?

Me quedé en completo silencio, sintiendo el peso del anillo de Farah en mi bolsillo, justo cuando el reloj marcaba la hora de nuestra primera cita real.

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