Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
La señora Williams llevaba más de quince años viendo pasar a personas por los pasillos de mármol de mi mansión. Había presenciado el desfile de socios de negocios, parientes codiciosos y, por supuesto, a personas más cercanas a mi entorno personal. Por eso, cuando le entregué la lista de modificaciones para la semana, tuvo que acomodarse las gafas para asegurarse de estar leyendo bien.
—¿Señor? —preguntó, observando el papel con evidente extrañeza—. Aquí dice que debemos cambiar el café de la mañana por una mezcla de grano arábigo con un toque de canela. Y que las cenas ya no deben ser estrictamente bajas en carbohidratos. Menciona... ¿pastas artesanales y mariscos?
No levanté la vista de la tablet. Permanecía sentado en la cabecera del comedor, con la luz matutina proyectando en mí esa habitual imagen de estatua de hielo, impecable y distante, a pesar de la brutal discusión que había tenido con Farah la noche anterior.
—La doctora Bourne tiene un metabolismo que requiere energía, Williams —declaré con un tono estrictamente administrativo—. Y detesta el café amargo que servimos aquí. Se queja de que sabe a lógica mal aplicada. No quiero escucharla protestar mientras trato de leer el periódico. Es una simple cuestión de paz mental.
La señora Williams asintió, aunque guardó un silencio cargado de complicidad. Sabía perfectamente lo que estaba pensando. Ella recordaba la época de Sweeny. Sweeny era hermosa y sofisticada, pero en aquellos años era ella quien transformaba su vida entera para amoldarse a mis horarios y exigencias. Sweeny aprendió a tomar el café negro porque así se tomaba en esta casa. Jamás moví un solo dedo para alterar mi rutina por los gustos de mi anterior pareja; yo era el centro y los demás eran satélites que debían orbitar a mi alrededor.
Sin embargo, ahora me descubría memorizando que a Farah le molestaba el silencio absoluto por las mañanas y que prefería las frutas de estación sobre los postres elaborados que solía encargar.
—Entendido, señor —dijo Williams—. Haré los cambios de inmediato.
—Ah, y Williams —añadí antes de que cruzara la puerta—, asegúrese de que en el estudio haya siempre de esos bolígrafos de gel que ella usa. Dice que las plumas fuente son pretenciosas. No quiero que use las mías y las pierda. Es una cuestión de orden.
El ama de llaves se retiró con una discreta sonrisa. Podía mantener mis palabras duras y mis muros intactos, pero mis propias acciones empezaban a traicionarme, tendiendo puentes invisibles hacia Farah.
Poco después, la escuché bajar la escalera. Se preparaba para su primer día de regreso a la universidad tras el escándalo de Henderson. Se había puesto un traje de sastre azul oscuro que proyectaba la determinación que necesitaba recuperar.
Cuando se sentó a desayunar, se preparó para recibir el habitual café amargo que siempre la hacía arrugar la nariz. Sin embargo, al dar el primer sorbo, se detuvo, sorprendida por el matiz de la canela y la suavidad del grano.
—Señora Williams, ¿cambiaron de proveedor? —preguntó Farah.
—Instrucciones del señor Grimaldi, señorita —respondió el ama de llaves mientras le servía un plato de fruta fresca—. Dijo que el café anterior era lógicamente ineficiente para su paladar.
Farah dirigió la mirada hacia mi extremo de la mesa, donde yo pretendía revisar un informe financiero. No la miré directamente, pero apenas pude contener la tensión en la comisura de mis labios.
—Vaya —murmuró, acomodándose en la silla—. Parece que el témpano de hielo está empezando a derretirse por los bordes.
Bajé el informe apenas un centímetro para encararla.
—No te acostumbres, Bourne. Simplemente me cansé de verte poner caras de asco cada mañana. Afectaba mi concentración.
—Claro, siempre es por la concentración —respondió con una chispa traviesa en los ojos—. Pues gracias por la inversión en mi bienestar matutino. Por cierto, hoy tengo una presentación importante de datos.
—Lo sé —dije secamente—. Por eso el coche te dejará en la misma puerta de la facultad. No quiero que llegues con el cabello hecho un desastre por el viento del metro. Sería una mala publicidad para el apellido Grimaldi.
Farah soltó una carcajada, rodando los ojos con esa mezcla de resignación y diversión. Intenté mantener la severidad en mi rostro, pero por dentro supe que ella empezaba a descifrar mi código: que cada una de mis excusas corporativas no era más que mi torpe manera de cuidar de ella.







