FarahEl aire en mi pequeño apartamento se sentía viciado, cargado con el olor rancio del arrepentimiento y de una resaca que me taladraba las sienes. Cada vez que cerraba los ojos, el mundo giraba y me devolvía ráfagas violentas de la noche anterior: la seda fría de las sábanas, la firmeza brutal con la que Alaric me había sujetado las muñecas y, sobre todo, la forma en que me había entregado a él, buscando en su boca un refugio de fuego para quemar la traición de Elian.El timbre estridente de mi teléfono me sacudió como una descarga eléctrica. Era Elina.—Farah, dime que no eres tú —soltó sin siquiera saludar, con la voz ahogada por el pánico—. Abre el portal de noticias financiero ahora mismo.Con los dedos temblando de forma incontrolable, cargué la página en la laptop. Al renderizarse la imagen, el corazón se me subió a la garganta y me dejó sin aire.Ahí estaba. Una fotografía en alta resolución, nítida y cruel: yo saliendo del bar, completamente desarmada, aferrada al pecho de
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