Mundo de ficçãoIniciar sessãoFarah
El lunes amaneció con el sonido del motor de un coche de lujo estacionándose frente a la casa. Un chofer de uniforme impecable bajó del vehículo y le entregó un paquete voluminoso a mi padre. Cuando bajé a la cocina, me encontré sobre la mesa con una caja que no necesitaba remitente.
Al abrirla, solté un suspiro. Dentro estaba mi cafetera favorita de la mansión, junto con varias cajas de las cápsulas exactas que me gustaban para mi primer café de la mañana. No había una nota romántica, ni un "lo siento". Solo el objeto, listo para funcionar.
—Sabe que no puedo pensar sin cafeína —murmuré para mí misma, sintiendo un nudo agridulce en la garganta.
A los pocos minutos, mi computadora emitió un pitido. Era un correo electrónico de Alaric. El asunto era estrictamente profesional: “Requerimiento técnico: Reunión de Directorio – Zona Sur”. El cuerpo del mensaje era breve y directo, muy fiel a su estilo:
“Doctora Bourne, el análisis de flujo de insumos para la licitación del miércoles requiere su validación presencial. Los datos son complejos y solo usted maneja el modelo de proyección que desarrollamos. Es imperativo que me acompañe a la reunión de hoy a las 14:00 horas.”
Era una excusa. Lo sabía perfectamente. Los datos eran complejos, sí, pero él era perfectamente capaz de leer un informe por sí solo. Alaric estaba usando nuestro vínculo técnico como un puente desesperado para no dejarme escapar.
Dudé por unos segundos, pero terminé aceptando. Al salir de la casa, el chofer me esperaba junto a la puerta del vehículo con una leve inclinación.
—El señor Grimaldi ha dado instrucciones de que estoy a su entera disposición, señorita. La acompañaré en todos sus traslados entre Lautaro y la ciudad mientras sea necesario.
Ese cuidado invisible, manifestado en un chofer y una cafetera, provocó en mí una mezcla contradictoria de esperanza y rabia. Él no pedía perdón con palabras, pero movía el mundo entero a mi alrededor para que estuviera cómoda y segura.
Antes de subir al coche, me tomé un momento en el porche con mi padre. El aire de la mañana era fresco y traía el aroma de la tierra húmeda, un contraste absoluto con la frialdad de los rascacielos que me esperaban. Mi padre se acercó y me puso una mano en el hombro con un orgullo que no necesitaba explicaciones.
—Has hecho un trabajo increíble, hija —dijo, mirando hacia el horizonte—. No solo por los números, sino por la astucia con la que has manejado todo. Tu inteligencia siempre fue tu mayor herencia, mucho más que cualquier cuenta bancaria.
Le sonreí, sintiendo una calidez en el pecho que la prensa amarillista no podía tocar.
—Papá, ahora que las deudas están saldadas, que ya no le debemos nada a tus antiguos trabajadores ni a los proveedores... ¿qué piensas hacer? Tienes el camino libre para volver a empezar si quieres.
Él soltó un suspiro largo, uno de esos que sueltan los hombres que finalmente han dejado una carga pesada en el suelo.
—¿Volver a empezar? No, mi niña. Solo quiero vivir en paz. Ver crecer mis árboles, tomar café con tu madre y saber que tú eres libre. Ya tuve suficientes ambiciones por una vida.
Me apoyé en su hombro y le sonreí con ternura. Fue un momento suspendido en el tiempo, un pacto de silencio y gratitud entre los dos mientras el viento movía suavemente las hojas. Me despedí con un beso en su mejilla y subí al vehículo, manteniendo la frente en alto.
Al llegar a la empresa, sentí de inmediato el peso de las miradas de los empleados sobre mí. Caminé con la cabeza erguida por los pasillos, ignorando los murmullos sobre las fotos que circulaban en prensa. Sin embargo, al entrar en mi propia oficina, la paz se terminó drásticamente.
Ana estaba envenenando el ambiente. Se había colado en el edificio a pesar de su suspensión y estaba sentada sobre mi escritorio, con las piernas cruzadas y una revista de sociedad en las manos. La arrojó sobre la superficie con desprecio en cuanto cerré la puerta.
—Vaya, volvió la analista estrella —soltó Ana con una sonrisa cargada de veneno, apuntando con el dedo la foto donde Alaric y Sweeney aparecían a milímetros de distancia—. Supongo que ya viste que los juguetes nuevos se desechan rápido cuando el dueño recupera su pieza de colección original. Debe ser duro darte cuenta de que solo fuiste un trámite administrativo, Farah. Mírala a ella. Eso es clase, eso es apellido. Ella es la mujer que la junta directiva y el mercado han estado esperando. Tú solo fuiste un capricho de oficina, un parche para rellenar el espacio mientras Sweeney volvía al país. ¿De verdad creíste que un hombre como Alaric Grimaldi se iba a quedar con alguien de tu nivel?
Sentí que la sangre me hervía, pero no desvié la mirada. Dejé mi maletín a un lado con una calma fríamente estudiada. Mi posición profesional no era un disfraz; me la había ganado con creces.
—Ana, por favor, retírate. No tienes autorización para estar en este piso. Si quieres hablar de activos y pasivos, te sugiero que revises tu situación legal antes de seguir perdiendo el tiempo aquí —respondí con una voz glacial.
—¿Autorización? ¡Yo pertenezco a este mundo! —bramó Ana, poniéndose de pie de un salto, furiosa por la ausencia de lágrimas en mis ojos—. Tú eres la intrusa. Una muerta de hambre que usó a un hombre para trepar. Pero la realidad te explotó en la cara. Alaric nunca te va a querer. Para él, las mujeres como Sweeney son el estándar. Las mujeres como tú... son descartables. Solo sirves para revisar números mientras él pasa sus noches con una verdadera heredera.
Di un paso al frente. La distancia entre ambas se redujo a nada. La tensión en la habitación era tan alta que casi quemaba. Le sonreí levemente, con una ironía filosa que la desarmó por completo.
—Hablas mucho de estatus y de mundos, Ana. Pero parece que olvidas un pequeño detalle matemático en tu lógica —dije, bajando la voz a un susurro peligroso—. A pesar de tus contactos, de tu sangre y de tus supuestos apellidos, tú nunca fuiste la opción. Fuiste la amante. La que se conformaba con las migajas detrás del escritorio mientras él pensaba en la empresa. Elian solo te dio un título de amante. En cambio, yo soy la Directora de Proyectos. Tú, con toda tu herencia, solo fuiste una amante, hasta que terminamos.
Su rostro se desfiguró por completo. El golpe a su orgullo fue tan directo que perdió la cabeza.
—¡Cállate! ¡Eres una maldita perra! —gritó Ana, levantando la mano fuera de sí, lista para abalanzarse sobre mí.
Antes de que pudiera dar un paso más, la puerta se abrió de golpe. Alaric entró como un torbellino de furia contenida, seguido por tres guardias de seguridad. Su rostro estaba tan endurecido que parecía esculpido en piedra. Sin mediar palabra, cruzó la estancia en dos zancadas y se colocó firmemente frente a mí, cubriéndome por completo con su cuerpo y usándose como un escudo físico inquebrantable.
—Sáquenla de mi vista. Ahora —ordenó a los guardias. Su voz no fue un grito, sino un rugido bajo que hizo vibrar el aire.
—¡Alaric, no! —suplicó Ana, pasando del odio al pánico mientras los guardias la tomaban por los brazos—. ¡Ella me provocó! ¡Es una aparecida! Soy un activo para Grimaldi & Co., conozco los procesos... ¡No puedes echarme así por culpa de ella!
—Tu despido es un hecho, Ana. Los informes de auditoría que Farah validó son suficientes para una demanda penal por fraude —sentenció Alaric sin mirarla, con la vista fija en el horizonte—. Si vuelves a pisar esta propiedad, pasarás la noche en una celda.
Los guardias la arrastraron hacia el pasillo mientras forcejeaba con desesperación, perdiendo toda la clase de la que tanto se jactaba.
—¡Se van a arrepentir! —gritaba mientras su voz se alejaba hacia el ascensor—. ¡Creen que son invencibles! ¡Ella te va a dejar cuando sepa quién eres realmente, Alaric! ¡Lo juro, se van a arrepentir!
Cuando el eco de los gritos finalmente se perdió, el silencio que quedó en la oficina era eléctrico. Alaric no se movió de inmediato. Seguía de espaldas a mí, con los hombros rígidos y la respiración agitada. Estaba furioso, pero sobre todo, profundamente aliviado de que yo estuviera ilesa.
Lentamente, se giró para mirarme. Me examinó de arriba abajo, buscando cualquier rastro de daño físico o emocional. Sin embargo, cuando abrió la boca, su terquedad defensiva volvió a tomar el control.
—Llegas tarde para la revisión de los informes de la zona sur, Bourne —dijo, con una voz formal que fallaba por un margen mínimo debido a la agitación—. Vamos a mi oficina. Hay mucho que analizar.
Lo miré en silencio, notando el temblor casi imperceptible en sus manos. Sé que no iba a hablar de la foto, ni de Sweeney, ni de lo mucho que le dolió mi partida. Pero al caminar hacia la puerta, se aseguró de ir un paso por delante de mí, abriéndome el camino y reafirmando una vez más ese cuidado invisible que nos unía.







