Alaric
El silencio en mi despacho era tan afilado que parecía capaz de cortar el cristal de los ventanales. Sweeney caminó con lentitud hacia la estantería, deslizando sus dedos enguantados sobre los lomos de mis libros de leyes y finanzas, como si estuviera reconociendo un territorio que todavía creía suyo.
—Recuerdo este escritorio —dijo, con una voz cargada de una dulzura que me sonó a miel artificial—. Solías decir que los grandes tratos se cerraban con la mente fría, pero yo siempre lograb