Capítulo 30: Dudas

Farah

Al mismo tiempo, en mi oficina, tenía el teléfono pegado a la oreja mientras escuchaba a Alina hablar a toda velocidad al otro lado de la línea.

—Farah, ¿viste el link que te mandé por I*******m? —preguntó Alina, con un tono de voz donde la preocupación era evidente—. Dicen que Sweeney aterrizó esta mañana. Todo el mundo está hablando de eso. Dicen que viene a recuperar lo que perdió.

Miré la pantalla de mi móvil. La foto de la mujer en la nota era impecable: una rubia de aspecto aristocrático que irradiaba una seguridad fría, sin una sola falla en su postura. Por un segundo, sentí una punzada helada de inseguridad en el estómago, ese miedo latente a ser solo la sustituta en un contrato de conveniencia.

—Ya no importa, Alina —respondí, intentando proyectar una firmeza que no sentía del todo—. Todo está bien. Alaric y yo tenemos un acuerdo... y algo más que eso. No voy a dejar que una nota de chismes me arruine el día.

—¡Farah, por favor! No seas ingenua —me interrumpió Alina, elevando la voz con frustración—. Esa mujer no es una simple ex. Es el tipo de mujer para el que Alaric fue educado. Tuvo una historia con él, una alianza de apellidos, de dinero. Tú misma me dijiste que ella representaba todo lo que la familia Grimaldi esperaba de él. ¿De verdad vas a actuar como si su regreso no cambiara las cosas?

—No es que actúe como si nada pasara, Alina —admití, pasándome una mano por el cabello mientras apretaba los párpados—. Claro que me afecta. Ver esa foto me hace cuestionar todo. Me pregunto si, cuando la vea, él recordará la vida fácil y predecible que tenía planeada. Si se dará cuenta de que lo nuestro es solo un torbellino temporal nacido de un contrato y de la presión de su abuela.

—¿Y se lo has preguntado? —insistió Alina—. Farah, estás enamorándote de él. Lo noto en cómo hablas de sus gestos, de sus raras sonrisas. Si te quedas callada tragándote las dudas, te vas a romper el corazón si ella resulta ser su punto débil.

—No puedo ir a exigirle explicaciones por alguien que ni siquiera ha mencionado hoy —suspiré, apoyando los codos sobre el escritorio—. Recordé lo que me confesó en la casa de campo sobre por qué se fue de la empresa familiar. Sweeney representaba el deber, el apellido, la presión de su padre. ¿Y yo? Yo represento su libertad, pero la libertad también viene acompañada de incertidumbre. Tal vez cuando la vea de nuevo, el deber vuelva a parecerle más seguro que la incertidumbre que yo le ofrezco.

—Solo prométeme que no te vas a hacer pequeña por ella —pidió Alina con suavidad—. Eres una doctora en análisis de datos, eres brillante y vales mil veces más que cualquier heredera de cuna. Prométeme que saldremos pronto y me contarás todo, ¿vale?

—Te lo prometo, Alina. Te llamo más tarde.

Corté la llamada y dejé el teléfono sobre la mesa. Mi mente, traicionera como siempre, empezó a dar vueltas en círculos. ¿Qué pasaría si Alaric la veía? ¿Seguía sintiendo algo por ella bajo esa armadura de lógica?

De pronto, la puerta se abrió. Alaric estaba allí, impecable como siempre.

—Es tarde, Bourne. Es hora de irse a casa —dijo, observándome con detenimiento.

Forcé una sonrisa, guardé mis cosas en el bolso y me puse de pie.

—Tienes razón. Vamos.

Al salir juntos del edificio, la presencia de Alaric a mi lado me devolvió un poco de paz. Él no parecía perturbado; no parecía un hombre que acababa de recibir noticias de un viejo amor.

Ya en el coche, cruzando el tráfico de la ciudad hacia la zona residencial, el ambiente se sentía más relajado. Alaric, que solía ser un experto en mantener conversaciones estrictamente profesionales, parecía inusualmente inquieto. Jugaba con el volante y carraspeaba de vez en cuando.

—Has hecho un gran trabajo esta semana, Farah —dijo de repente, sin mirarme—. La forma en que manejaste la transición en proyectos operativos ha sido... óptima. Muy por encima de los estándares esperados.

Solté una risita.

—¿Óptima, Grimaldi? ¿Ese es tu mejor cumplido?

Alaric sonrió de medio lado, esa sonrisa que solo yo lograba sacarle.

—Sabes que no soy bueno con las metáforas poéticas. Pero... quería preguntarte si estarías libre la noche de mañana. Me gustaría llevarte a cenar. A un lugar de verdad, sin abuelas cerca y sin carpetas de auditoría.

Lo miré sorprendida. Alaric parecía un adolescente pidiendo una primera cita, con una mezcla de nervios y determinación.

—¿Una cita oficial? —bromeé—. ¿Tengo que revisar las cláusulas del contrato para ver si las cenas externas están permitidas?

—El contrato ha sido actualizado unilateralmente por el presidente —respondió él, divertido—. Entonces, ¿aceptas?

—Acepto —dijo, sintiendo una calidez agradable en el pecho—. Pero yo elijo el postre.

—Trato hecho.

Esa noche, la seguridad volvió a nuestra dinámica. Por su parte, Alaric me observó y pareció aliviado; creyó que los rumores no me afectaban, lo que reforzaba su idea de que yo era la mujer fuerte e independiente que él necesitaba a su lado. Por mi parte, sentí su interés genuino. Él no estaba buscando una distracción; estaba buscando, de forma sincera, mi compañía.

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