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Capítulo 22: Profesor y Alumna

Alaric

Al otro lado de la ciudad, según me enteré después, Alina despertaba en la cama de Ronan sintiendo por primera vez que el desastre más grande de su vida acababa de empezar, y que no tenía ninguna intención de detenerlo. Ninguno estaba preparado para lo que vendría cuando las luces de la ciudad se apagaran definitivamente.

La luz del sol se filtraba por las pesadas cortinas del ático de Ronan, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de seda. Ella se incorporó lentamente, sintiendo el peso de la noche anterior. A su lado, Ronan dormía con una expresión inusualmente pacífica, sin rastro de la sonrisa sarcástica que solía ser su armadura. Alina lo observó un segundo y sintió un pánico helado. Sabía que ella era la chica que ayudaba a Farah a llegar a fin de mes, mientras que él era el hombre que compraba relojes por el valor de un año de alquiler. Asustada por el choque de mundos, se vistió en silencio y huyó antes de que él despertara, tratando de convencerse de que podía dejar su corazón bajo esa almohada de plumas.

Mientras tanto, en la Universidad Metropolitana, me preparaba para dictar la conferencia magistral sobre "Modelos de Optimización en Mercados Volátiles". Había cambiado mi habitual traje de tres piezas por una chaqueta de sastre azul oscuro sobre una camisa blanca sin corbata. El auditorio principal bullía con estudiantes y profesores.

Desde el escenario, divisé a Farah sentada en la tercera fila, impecable, con su libreta lista y su pluma de gel en la mano.

—La economía no es una ciencia de números —comencé, prescindiendo de mis notas y adueñándome del espacio—, es una ciencia de impulsos humanos. Si no entienden el miedo de la gente, sus gráficos no sirven para nada más que para decorar paredes.

Explicar conceptos complejos con precisión es algo natural para mí, pero tener sus ojos fijos en mí añadía un matiz distinto. Noté cómo contenía el aliento, absorta en mi exposición mientras yo desarmaba las teorías tradicionales durante una hora.

—¿Preguntas? —inquirí, barriendo la sala con la mirada.

Tras responder un par de dudas rutinarias con eficiencia cortante, fijé mis ojos en Farah. No pude evitar un destello de desafío que solo ella sabría interpretar.

—La doctora Bourne —dije, señalándola ante todo el auditorio—. Usted ha estado tomando notas con mucha diligencia. Supongo que su enfoque académico tiene una objeción a mi teoría de la inevitabilidad del riesgo.

Farah se puso de pie con elegancia, sosteniendo su libreta sin dejarse intimidar.

—De hecho, señor Grimaldi —respondió con una voz firme y clara que resonó en el recinto—, me parece que su modelo es excesivamente determinista. Usted afirma que el mercado siempre tiende al equilibrio después de una crisis, pero ignora la cicatriz social que dejan los datos. Mi pregunta es —sus ojos se clavaron en los míos—: ¿cómo ajusta su algoritmo para el factor de la memoria colectiva? Porque la gente no olvida las pérdidas tan rápido como sus hojas de cálculo.

Un silencio pesado cayó sobre el lugar. Me apoyé en el podio y bajé un poco la cabeza. Una sonrisa genuina, libre de cualquier cinismo, se me escapó sin que pudiera evitarlo.

—Un punto excelente, doctora —dije, bajando el tono de voz a una octava más íntima—. La memoria colectiva es, efectivamente, la variable más difícil de domar. Pero yo diría que esa cicatriz no es un error en el sistema, sino el combustible que hace que el sistema evolucione. ¿O es que usted prefiere un mundo sin cicatrices, donde nadie aprenda de sus errores?

—Prefiero un mundo donde el analista reconozca que detrás de cada dato hay una persona que sufre —replicó, sosteniéndome la mirada con un temple admirable.

Aquella chispa intelectual entre los dos era tangible; ver cómo su mente me desafiaba a la par me causó una sacudida interna violenta. Cuando la conferencia concluyó y la multitud se agolpó a mi alrededor, me deshice de los asistentes con mi habitual frialdad y caminé directo hacia ella, que recogía sus cosas en silencio.

—Has estado a punto de dejarme en ridículo, Bourne —le dije en voz baja cuando estuvimos lo suficientemente cerca.

—No seas exagerado, Grimaldi. Solo te recordé que tienes corazón, aunque lo guardes en una caja fuerte —respondió, intentando sonar ligera.

—Mi corazón está perfectamente bien donde está —repliqué, recuperando mi coraza, aunque mis ojos me traicionaban—. Y no me has dejado en ridículo. De hecho... has hecho que la conferencia valiera la pena.

Farah me miró, sorprendida.

—¿Eso ha sido un halago? —preguntó, arqueando una ceja.

—Ha sido una observación logística. Si la gente cree que mi prometida es más inteligente que yo, las acciones de la empresa subirán —improvisé para enmascarar mi vulnerabilidad—. Ahora, deja de sonreír así y vamos al coche. La abuela nos espera y ya vamos con retraso.

—Eres un caso perdido —rio, echando a andar a mi lado.

—Y tú eres demasiado brillante para tu propio bien —murmuré para mí mismo.

Extendí la mano y la posé en la parte baja de su espalda para guiarla hacia la salida, plenamente consciente de lo peligroso que se estaba volviendo el terreno que pisábamos.

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