Mundo ficciónIniciar sesiónFarah
La mañana en el sur se levantó con una capa densa de neblina que cubría los árboles, pero dentro de la casa de mis padres, el fuego de la cocina ya estaba encendido. Miraba por la ventana de mi antigua habitación de infancia, sosteniendo una taza de té hirviendo entre mis manos. Se suponía que debía sentirme tranquila, en paz con el silencio reconfortante del campo, pero mi mente era un caos que ningún paisaje rural podía calmar.
—Es lo mejor —me repetí en voz baja, intentando forzar una lógica rígida que simplemente no sentía—. Al final, solo era un contrato. Una transacción con fecha de vencimiento.
Sin embargo, por mucho que intentara convencerse a mí misma con razones frías, el pecho me dolía de una forma puramente física. Mis sentimientos quemaban la piel como nunca antes. Recordaba la cercanía de Alaric en el porche, el calor de su respiración y la promesa invisible de protección que él siempre me daba con sus acciones. Verlo en esa foto con Sweeney había sido un golpe directo a una ilusión que ni siquiera sabía que había empezado a cultivar.
Pero yo no era una mujer que se quedara a llorar sobre los escombros. Dejé la taza en la mesa y abrí mi computadora. No podía permitir que mi carrera, mi futuro y mi independencia dependieran del estado de ánimo de un Grimaldi. Si el contrato se iba a terminar, yo saldría de allí de pie.
Esa misma tarde, contacté a una consultora externa y acepté un proyecto independiente de análisis de datos a gran escala. Comencé a teclear con furia, refugiándome en las métricas, demostrando que mi cerebro seguía siendo mi mejor arma, estuviera o no dentro de Grimaldi & Co.
Alaric
En el centro, la mansión se sentía como una tumba de mármol. Caminaba por mi despacho con el teléfono apretado en la mano. Sabía exactamente dónde estaba Farah; mi equipo de seguridad me había confirmado hacía horas que su coche había cruzado el peaje hacia el sur.
Mi primer instinto fue subirme al coche y conducir sin parar hasta encontrarla, pero la lógica —y mi propia terquedad defensiva— me detuvieron. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué palabras usaría si ella se negaba a escucharme? Yo no sabía dar discursos románticos.
En lugar de eso, canalicé mi frustración en lo que mejor sabía hacer: dar órdenes contundentes.
—Quiero esa foto fuera de circulación. Ahora —le dije por teléfono al director de comunicaciones de la empresa—. Denuncien las cuentas, compren los derechos de la imagen, hagan lo que tengan que hacer. Pero limpien internet de esa basura.
El daño en Farah ya estaba hecho, pero no iba a permitir que el nombre de mi esposa siguiera siendo el blanco de los chismes de la élite.
Más tarde, Ronan entró en mi oficina sin llamar. Al ver mi rostro, dejó las bromas de lado.
—Hablé con Alina —dijo de inmediato—. Ella llamó a Farah. Dice que está bien, que está en casa de sus padres y que se ha encerrado a trabajar en un proyecto externo. No está llorando por los rincones, Alaric. Está facturando sola.
Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de orgullo rabioso e intensa frustración.
—No esperaba menos de ella. Es eficiente.
—No me salgas con términos de oficina —suspiró Ronan—. Está dolida porque piensa que volviste con tu pasado. Deberías ir.
—No va a escucharme ahora. Sería un movimiento tácticamente incorrecto —respondí, aunque por dentro me estaba quemando.
Dos días pasaron con una lentitud insoportable. Mantuve mi fachada de hierro en la empresa. Dirigí las reuniones y mantuve a raya a los inversionistas, pero el vacío en el asiento del copiloto de mi coche y la taza de café solitaria en los desayunos de la mansión empezaron a pasarme factura.
Poco a poco, sin poder evitarlo, me di cuenta de cuánto me hacía falta. No por una cuestión de organización del hogar o estabilidad de las acciones. Me hacía falta su risa irónica, la forma en que me desafiaba con la mirada y la calidez que, sin darme cuenta, había empezado a llenar mis espacios fríos.
El domingo por la noche llegó de ese modo agónico. Estaba acostado en la inmensa cama, mirando el techo a oscuras, incapaz de conciliar el sueño. Mis ojos se desviaban constantemente hacia la caja fuerte empotrada en la pared de mi vestidor. Allí dentro, guardado en una pequeña caja de terciopelo de la joyería Winston, estaba el anillo. Una promesa que no había llegado a entregar.
Anhelaba que fuera lunes. Necesitaba que fuera lunes. Mañana, Farah tendría que aparecer frente a mí para la reunión de directorio de proyectos operativos. No sabía cómo sería verla, ni cómo reaccionaría ella ante mi presencia, pero estaba dispuesto a usar cualquier excusa profesional para volver a tener a la doctora Bourne bajo mi órbita. Aunque tuviera que mover el mundo entero de forma invisible para lograrlo.







